domingo, 30 de noviembre de 2008

¿BUENOS DÍAS?

Por Miguel Ángel Maca

El gato estaba especialmente juguetón, cuando legañoso y con chancletas, abrió la puerta del salón.

Tomó la decisión de aislar al felino en cómodo presidio de cojines, televisión y calefacción central, para evitar, en un ataque de locura programada, acabar con la séptima alma del maniático que afilaba sus uñas desperezadamente en el sillón que tenía en la habitación; los hilos blancos colgaban heridos haciéndose notar contrastando con el aterciopelado color rubí en que se sentaba a ponerse los calcetines, cuando no estaba lleno de ropa amontonada y lista para el remojón en suavizante.

Misi, era un callejero rescatado de un saco, que en dirección a la presa llevaba la señora María en la mano, para una vez más terminar con la camada de la gata parda, que ligera de cascos, gustaba de salir por las noches sin importarla encontrar por compañía aristogato o habitante del arrabal.

Mientras el dueño lo miraba pensando en que el sobrepeso de la buena vida se acomodaba bajo un pelaje brillante y salpicado de rayas oscuras, la mascota se divertía con algo entre sus patas delanteras, estirado y volteándose sobre los lomos, en actitud tan simpática que invitaba a la imitación sobre la placentera tarima.

Esbozando una sonrisa volvió a encerrarlo y presto comenzó el rutinario aseo.

Durante el ceremonioso y sosegado cepillado de dientes, que tiempo habría de correr en el trabajo, en vez de mirarse durante interminables minutos al espejo y huyendo de la obsesión con la imagen aceptándose tal cual, le gustaba reflexionar y trazar el plan de ataque a la jornada mientras la mano, ajena a reuniones del mando táctico, ejecutaba ordenes precisas del dentista.

La semana anterior había leído en una revista un articulo titulado "10 claves para ser feliz” y ya que era imposible dedicar tiempo al descanso y hacer el amor regularmente, planificaba minuciosamente salidas con amigos, visitas al cine o paseos por el campo.

Embadurnado en espuma de afeitar acompasaba el paso de la cuchilla, ahora perfilando la perilla, con un canto gutural en desafiante atentando contra la métrica musical.

Con media cara rasurada, se preocupó por un detalle escapado a la conciencia y que ahora amenazaba su felicidad, repasando la primera instantánea del comedor.

¿Con que estaba jugando el gato?

Apresurado, se asomó, y la imagen de frágiles huesos rotos a merced de peludos puños golpearon el más que nunca etéreo buen humor.

El hámster había escapado de su jaula rodante y blanco de pelo, fue diana, delicia de juegos y objeto del indomable instinto de la que creía inofensiva mascota.

Masajeando en círculos sus ojos y con media cara escondida tras color de mimo, decidió sin más acostarse de nuevo en previsión de no tener que arrepentirse de nada más en el transcurso de la fecha, convencido de que hay mañanas en que es mejor no levantarse.

Dura lección, que por ser la victima un roedor esconde el olvido del humano, exculpa al asesino y homenajea al pobre animal que se enfrentó a un gato sin la menor de las posibilidades, por culpa de un sillón y poniendo de relieve la incontestable verdad como es que, disgusto de los unos provoca delicias de los otros.

Amo y mascota durmieron placidamente hasta el siguiente amanecer, más contentos que el que lo hizo eternamente.

Nadie dijo que la ley del más fuerte, no fuera una jodienda.