Por Miguel Ángel Maca“El pequeño Brian descansaba tumbado en el sofá del comedor mientras veía una película en DVD de dibujos animados. Había pasado mala noche, con unas décimas de fiebre, por lo que sus padres decidieron que lo mejor sería que no fuese al colegio. El Sr. Park, antes de salir a trabajar se sentó unos minutos junto a él.
-Que aburrimiento. Ojala no estuviera malo.
-Haría lo imposible porque así fuera, mi vida –respondió-.
-¿Harías todo para que nunca estuviera enfermo? -preguntó entre risas-.
- Hijo, tampoco hay que exagerar. Todo, todo….lo que se dice todo…
Brian siguió viendo la televisión pensando en lo bromista que era su padre.”
La historia de Javier, ha empezado a escribirse con caracteres de controversia pero con el trazo claro y firme, entre las líneas que representan detractores y partidarios de
Despiadados vigías de la moral, como el director de
Para Manuel Cruz, el niño medicamento, “supone un denigrante acto para la dignidad del ser humano, al haber sido seleccionado como ganado”. Luego quiso arreglarlo manifestando un sincero “me alegro del nacimiento de una nueva vida”.
Preocupados por la autoestima del pequeño cuando se entere que nació como instrumento de amor al hermano enfermo, no se han parado a pensar o razonar sobre cuantos de ellos reniegan de su condición de “niños del condón roto”, “hijas de la marcha atrás”,o “hijos de un desliz”.
Como en esta España nadie se salva de la censura y siempre es importante encontrar una cabeza de turco, arremeten contra los padres que según el periódico vaticano permiten la eugenesia.
Y yo me pregunto: ¿Qué progenitores en su sano juicio son capaces de poner límites al amor hacia su descendencia y pudiendo evitarlo, firman una sentencia poniendo fecha al fin de su existencia?
Los de Javier utilizaron la posibilidad que les brindaba la ciencia y la medicina para terminar con el calvario de su primer hijo, que nació con una severa anemia congénita. Nada se puede reprochar a quienes cada 15 días pasaban momentos traumáticos sosteniendo la incomprensible y triste mirada de un niño durante una nueva transfusión de sangre que le permitía seguir viviendo; y así quincenas tras quincenas durante seis interminables años.
Que las personas nos creamos con la autoridad moral de opinar, criticar y sentenciar sobre este tema, es de una osadía tal que clama al cielo la suplica de acelerar la llamada de estos individuos a sentarse a la diestra de Dios Padre lo antes posible.
Más valdría que nos preocupásemos de dejar de poner zancadillas a la inteligencia aplicada al servicio humano y que evolución y tradición cogidas de la mano evitaran sufrimientos innecesarios, mucho más, tratándose de los niños.
Yo doy la bienvenida al que cuando crezca no debe sentir más que orgullo por salvar una vida con unas gotas de su sangre y quiero transmitir mi solidaridad a los padres por la decisión y la batalla plantada a la adversidad. Toda opinión tiene su valor, pero dos nuevas vidas que caminen juntas en el seno de la familia, devalúan las críticas con creces.
“Al terminar la película, Brian, con la mejilla pegada al cojín cerró los ojos y rebobinando la memoria al momento de la despedida, manifestó en su rostro una duda:
-Mi padre estaba bromeando, ¿verdad?"