martes, 4 de noviembre de 2008

Siniestra melodía


Por Antonio Runa


Ella se ha levantado un poco antes que yo esta mañana. Me despertaron los ruidos que estaba haciendo en el cuarto de baño. Cuando le pregunté qué le ocurría, se me echó encima y me abrazó. Y a gritos, con su boca pegada a mi oído y dejándome parcialmente sordo me ha dicho que está embarazada.
Y me he puesto a temblar.
La imagen de aquel tipo ha vuelto a mi mente. Con ese traje usado durante décadas, aquel extraño sombrero de pico y su horrible flauta negra.
¿No vendrá a por él, verdad?
He disimulado mi preocupación, pero no sé si me ha salido demasiado bien.
Y este verano el número de ratas en el pueblo se ha multiplicado.
Los adultos de entonces, son los ancianos del lugar hoy. Los pocos que quedan. Los que no se marcharon tras la desgracia que los dejó solos y desamparados, sin su mayor ilusión. El pobre Henderhoff tenía tres hijos varones y dos hermosísimas gemelas. Fue de los que más sufrió.
A pesar de que fue de los primeros en apoyar la idea de estafar al Flautista.
Después de aquella noche, todos los adultos me trataron con una atención extrema. Todos menos él. Henderhoff siempre me miró con recelo.
Por supuesto, los matrimonios jóvenes se pusieron a procrear como si sus vidas dependieran de ello.
Y yo crecí solo, rodeado de adultos, sin nadie de mi edad con quien jugar.
A día de hoy, casi puedo caminar tan rápido como un hombre normal. Apenas uso bastón. Y sólo cuando es necesario correr, se puede apreciar mi cojera.
Cada noche sueño con esa puerta mágica cerrándose en las faldas de la montaña, y desapareciendo para siempre. Se oía música al otro lado. Mis amigos reían y jugaban mientras se lanzaban a lo desconocido.
El Flautista me dedicó una última mirada.
Pudo haberme esperado.
Ahora sé que quería que volviera al pueblo, a contar la historia. Quizá me despreció, impidiéndome el paso al paraíso de los niños, sólo por ser cojo. Quizá me hizo un gran favor, por pura lástima, perdonándome la vida.
Nunca lo sabré. Y aquella melodía sigue persiguiéndome. La tarareo sin cesar. Se ha convertido en mi silbido familiar.
Pero soy incapaz de reproducirla con exactitud. A pesar de que llevo estudiando solfeo quince años. Únicamente puedo tocar ese pequeño retazo de apenas cuatro segundos, desprovisto de aquella magia que emanaba de la flauta negra de ese extraño hombre.
Las ratas se están multiplicando.
Le digo a ella que deberíamos buscar un sitio más propicio para criar a nuestro pequeño. Lejos de aquí. Un lugar sin ratas.
Ella no entiende a qué viene este cambio repentino. ¿Por qué dejar el lugar en el que llevo viviendo toda la vida? Yo no le confieso que tengo miedo a perder a nuestro pequeño. En lugar de eso, miento.
O puede que no.
Cualquier sitio es mejor que Hamelin.