Intentando el otro día pagar en un establecimiento con la tarjeta de crédito que se empeñaba en no aparecer camuflada entre papeles, boletas, calendarios y tickets, me vino a la memoria el extraño desorden en el bolso de mi madre, cuando cada mañana le cogía dinero para comprar el bocadillo en la universidad. Han pasado los años y aunque no es el tema, diré, que siguiendo rebuscando la moneda para el café en el de mi mujer, he podido comprobar, generalizando y elevando a regla de oro, como todos los templos de la intimidad de las féminas tienen esta particular facilidad de convertirse en el saco de revuelto de frutos secos en los que es una alegría encontrarse con la nuez de Brasil, después de haber sacado en suerte infinidad de torrados.
Viendo que la cosa iba para largo, no se me ocurrió más que comentar con la dependienta, para romper el hielo, que teniendo los hombres un innato lado femenino la cartera era reflejo y manifestación del mío.
De camino a casa cargado con las bolsas y soportando el sudor que me provocaba la bufanda que sobraba sofocante por los pocos rayos de sol que regalaba la mañana, y por no soltar la compra meticulosamente colgada en las escarpias de mis manos, pensaba en el comentario y me preguntaba:
Aceptando los varones la existencia en nuestra personalidad de un lado dominado por estrógenos y que no todos los que nos cuidamos lo hacemos puramente como culto o estilo de vida, ¿Me habré convertido en una nueva y desconocida clase de metrosexual?
Representando yo la antítesis del guapo, cuidado en exceso, bien formado, preocupado por el físico, mediático y exitoso con las mujeres, no me caben dudas sobre la imposibilidad de pertenecer a la élite de los que como Beckham, juegan en primera.
Hubo un tiempo en el que la distinción entre el oso y el hombre de aspecto cuidado fue injustamente confundida con un “amaneramiento” por la afición a la crema de noche y potingue hidratante, sustitutos del escozor de colonia después del afeitado. El salto desde el precipicio hacia territorios habitados por las mujeres que siempre tuvieron clara la importancia de cuidarse, gustar y gustarse, desencadenó entre los mareados por el vértigo que se quedaron en la altiplanicie, la necesidad de tachar a los exploradores de maricones para arriba.
Nos abrieron el camino las madres que haciéndose las tontas, no denunciaban la desaparición de la crema de noche que nuestros padres se ponían en el más absoluto secretismo guardado bajo siete cerrojos, abriéndose para ellas la posibilidad de disfrutar en la madurez de una pareja acorde a las pocas expectativas que podían crearse, en un intento por huir de la penitencia de cargar los últimos años de la vida con un arrugado boniato. Y cómo olvidar en esta cruzada recordando los martirios de la historia, a nuestras abuelas, que en nada merecieron al descuidado portador de barba de taberna, desgarbo de lamparones, aliento de cloaca y machista imitador de ambientes de pretenciosos cabezas de familia. Verdaderamente la excusa de que eran otras épocas les sirvió durante un tiempo, pero no logra exculpar hoy a quienes ya ancianos se defienden en un alegato final desesperado.
Hoy todo ha cambiado. No es extraño ver un lunes por la mañana a chicos luciendo camisetas rosas con el lema "todos contra el cáncer de mama", ni cuarentones en los pasillos del supermercado leyendo las propiedades y modo de empleo de la crema que tan saludable aspecto aporta a Pierce Brosnan.
Razones poderosas aparte de la estética han sido determinantes para que tantos nos hayamos dado cuenta del necesario cambio de mentalidad, creando la segunda división en la que cabemos todos. La salud es motivo suficiente para controlar esa barriga que, apodada cervecera, se lucía con orgullo sobre el apretado cinturón que ensalzaba la felicidad en forma de curva.
Tener una buena apariencia para competir por un puesto a cualquier nivel de la vida, ha sido también causa que nos ha llevado al sexo fuerte a ensalzar el narcisismo que sin llegar a ser patógeno contribuye a la reconversión. Demasiadas víctimas, muchos secretos, voces acalladas e insultos de los dudosos machos, fueron consecuencia de tabúes de la sociedad mas profunda que conviene no olvidemos los que presumimos cuando nos dicen "...pues no aparentas la edad que tienes."
No bajemos la guardia hasta que consigamos dejar de hablar de metrosexuales, homosexuales o heterosexuales, simplemente por el hecho de cuidarnos o tener que asumir en soledad a la mujer, que en mayor o menor medida, todos llevamos dentro.
Aunque lo hagamos, ¿cuántos de nosotros comentamos en el trabajo que nos ponemos crema antes de acostarnos?
Lo que yo decía: Aún nos quedan muchas temporadas jugando en segunda división.