viernes, 28 de noviembre de 2008

Voy a matar a una persona



Por Antonio Runa

Todos llevamos un asesino dentro. Todos somos psicópatas. Del mismo modo que la fidelidad es una simple cuestión circunstancial, el instinto asesino puede aflorar más fácilmente en unas personas que en otras, pero a todos, si nos aprietan las tuercas, se nos puede llevar hasta el homicidio voluntario.
Quizá por eso la serie Dexter, que hace no demasiados años habría levantado polémicas en todo país donde se emitiese, hoy día casi pasa desapercibida. Porque hay una mayor aceptación para esa exhibición de principios. Porque vivimos el gran tiempo de los antihéroes.
Seamos sinceros, la justicia no es tal, las leyes no son capaces de dar su merecido a determinados criminales. Los chicos malos campan a sus anchas en nuestra sociedad dócil y consumista, donde nadie se mete en los problemas de nadie. No hay paladines anónimos que le den su merecido a los elementos desentonados de nuestro supuesto mundo civilizado.
En ocasiones, me veo a mí mismo planteándome si sería capaz, si no desistiría a mitad de camino, si abandonaría. En el caso hipotético de que esas personas a las que detesto profundamente, por muchas y poderosas razones, acabaran en una camilla, inmóviles y amordazados, después de soltarles mi coloquio, mi discurso de justiciero, de hacer entender a mi futura víctima que está en esa situación por un buen motivo, que el acto en sí no es más que un mensaje, en ese caso hipotético, como digo, ¿sería capaz de torturar y finalmente quitar esa vida? Y sopeso todas mis actitudes, mi gran empatía por el género humano y mi exceso de emoción en prácticamente todas las empresas que decido acometer en la vida. Soy demasiado humano, supongo. Pero hasta con ésas, sin necesidad de ser un psicópata, se puede ser un asesino en serie, se puede ser un Vigilante (enmascarado o no), se puede tomar revancha hasta las últimas consecuencias.
¿O no?
¿Cuántas veces hemos querido matar a alguien por esa jugarreta que nos ha hecho con el coche? Teníamos el ceda el paso, ha sido él quien ha cometido la infracción, y encima nos ha amonestado con el claxon. Ha profanado nuestro único templo de plena libertad, el único lugar donde nuestra palabra es ley y última, nuestro diminuto reino aislado y personal. Por ello, algunas personas se transforman al volante. Es la oportunidad en su día a día de ser ellos mismos. En ningún otro lugar pueden liberarse de mejor manera. Y que venga otro a violar su lugar de poder…
¿Cuántas veces hemos querido matar a algún superior? Esos jefecillos que se creen capitanes y no pasan de sargentuchos chusqueros. O los que anidan en las altas esferas y nunca se manchan las manos estrechándonoslas. Esa sensación que se apodera de nosotros cuando nos hablan de esa manera altiva e improcedente. Y nos vemos con sendos cuchillos, revólveres de alto calibre y hasta motosierras, seccionando y desgajando esa soberbia prepotente y rebajando su condición hasta lo más bajo. Teniendo poder sobre sus vidas y muertes.
¿Cuántas veces, escuchando las noticias que hacen referencia a redes de pornografía infantil, hemos querido rodear con nuestras manos los cuellos de esos pederastas infames? En la sala de nuestra imaginación se ha proyectado una película protagonizada por nosotros mismos y esos depravados que violan críos. El atrezzo es simple, paredes cubiertas de plásticos, una silla con correas, cinta aislante, guantes de látex, indumentaria de operación y una maletín lleno de instrumentos de cirugía. Puede que una cámara de vídeo (depende de lo furiosos que nos pongan esas noticias y lo retorcidos que seamos).
Pero luego se nos pasa. Seguimos con nuestra existencia, vulgar y mediocre, quizá, pero nuestra. Hacemos tiempo hasta la siguiente vez que tengamos que soportar otro chaparrón y reprimamos nuestros instintos homicidas. Por ello, algunos nos sentimos identificados con ese forense del Departamento de Policía de Miami, el mismo que elige a aquellos que quedan por encima de las leyes, y les aplica un serio y fatal correctivo (mucho más sórdido en las novelas que en la pequeña pantalla, todo cabe decir). Porque supongo que él es libre para hacer lo que nosotros no nos atrevemos.
Y después nos encontramos con el miedo a la cárcel. Un miedo alimentado por el cine y la televisión, y que aquellos que nos gobiernan fomentan con pretendido buen criterio. “Si eres malo, ya sabes lo que te espera”. Con ese miedo en el inconsciente, ya son muchos los que no son capaces de dar siquiera el primer paso. Por ello, el cuchillo se queda en el cajón de la cocina, el revólver de alto calibre más allá de nuestras vidas de ciudadanos modélicos y la motosierra en el cuarto de las herramientas de nuestra casa de campo.
Y nuestra paciencia sigue soportando prácticamente lo que sea, cada día de nuestras vidas. Nuestros demonios internos, contenidos eficientemente. El psicópata no toma el control.
Gracias a Dios.

No, no voy a matar a una persona, a pesar de que ése sea el título de la entrada. Aún no he reunido el valor necesario. Todavía me sigo poniendo en el lugar de los demás. No soy capaz.
Pero sigo orquestando mi plan, meditando acerca de su puesta en escena, puliendo detalles. Me voy convirtiendo en el monstruo que me hace falta ser, para hacer lo que alguien debería hacer y no hace. Permito a otros que me corrompan, que me hagan alejarme del Cielo para abrazar el Infierno.
¿O sólo consiento que estas ideas me ronden la cabeza para escribir impactantes entradas como ésta? No importa, yo, por si acaso, seguiré perfeccionando mi plan.

Me entretiene una barbaridad…



Venga, no seas tonto y lee la revista Nexus 2012, de la cual éste blog no es más que un anexo: http://nexusmmxii.iespana.es/index.htm
¿Qué otra cosa si no tienes pensado hacer hoy?