
Por Antonio Runa
Lo dice la astrofísica nuclear moderna, no lo digo yo: Estamos hechos de materia estelar, la misma que forma las estrellas y los planetas que las circundan. Tenemos que quitar el hidrógeno de la ecuación, pero hierro, calcio y carbón, horneados en estrellas rojas gigantes hace miles de millones de años, dieron como resultado el que yo haya escrito esta entrada y tú la estés leyendo. Afortunadamente para la Humanidad, ha servido para muchas más cosas. Y también desafortunadamente.
Nuestro planeta es hermoso e impresionante, lo es mucho más cuando indagas acerca de los otros planetas del Sistema Solar y los cientos de satélites que se encuentran en él. Sí, a su manera son interesantes y eso… Pero luego vuelves a la Tierra y te dan ganas de llorar.
Aunque sólo sea un granito de arena en un desierto enorme. Un átomo de un granito de arena. Un electrón de un átomo. Una pequeña insignificancia azulada en un cosmos con un tamaño difícil de concebir. Una gilipollez, para que nos entendamos.
Lo cual nos deja a nosotros un rol algo menos que intrascendente en esta gran obra sideral. Por mucho que nos empeñemos. Y es por eso que, mientras la ciencia no para de decirnos que somos insignificantes, que no sólo somos un hálito de nada en el espacio inconmensurable, sino también en el tiempo, porque por mucho que duremos no seremos ni un ápice de un latido cósmico, y habremos dejado de ser cuando al universo le queden miles de cuatrillones de años de existencia, sino más, una mierda para que nos entendamos; la religión no para de decirnos que somos imprescindibles, que somos el ombligo del universo, que el motivo de TODO ESTO no es más que el desarrollo de la vida, y la culminación de la misma no es otra cosa que el Ser Humano, que dejará huella en el espacio-tiempo mediante una suerte de impronta espiritual y que los incontables cuatrillones de años de existencia del universo importarán más bien poco porque el Hombre habrá trascendido a otros niveles de existencia superiores, y logrará la perfección absoluta, sino más, la hostia, para que nos entendamos.
Pero seguimos viendo el universo como un ajeno a nosotros. “¿El universo ése, de qué va?” A pesar de que estemos hechos de la misma materia básica. Nos creemos importantes, decisivos, el objeto de todo cuanto es, y necesitamos agarrarnos a un nimbo de inmortalidad, porque no sólo somos importantes y decisivos y todo eso, a nivel global, sino a un nivel individual. Porque debe ser muy jodido aceptar que uno tiene lugar lógico únicamente a nivel humanitario, y que como persona nada de lo que hagamos es destacable.
Y, las cosas como son, si el día de mañana mismo la ciencia demostrara sin lugar a dudas que no existe el alma, ni una vida después de ésta, ni una sola pizca de misticismo, de espiritualidad, de esoterismo, ¿qué nos quedaría? ¿Qué sentido le buscaríamos a la vida? Procrear para salvaguardar la especie, para perpetuar la vida, no nos hace mejores que un virus. ¿Para qué demonios voy yo a acabar esa maldita novela que se niega a ser escrita? ¿Para qué me molesto en escribir esta entrada?
No me vale con mirar al cielo desnudo y sentirme hermano de esas estrellas que me guiñan el ojo (por un efecto visual atmosférico, todo cabe decir). ¿O quizá sí?
Bueno, a lo mejor todo es una cuestión de aceptar que ser hermano cósmico de esos astros celestes que me guiñaron el ojo hace millones de años, no esté tan mal, después de todo.
Y acabar la novela siempre será una buena idea. Y procrear también.
Venga, no seas tonto y lee la revista Nexus 2012, de la cual éste blog no es más que un anexo: http://nexusmmxii.iespana.es/index.htm
¿Qué otra cosa si no tienes pensado hacer hoy?
Lo dice la astrofísica nuclear moderna, no lo digo yo: Estamos hechos de materia estelar, la misma que forma las estrellas y los planetas que las circundan. Tenemos que quitar el hidrógeno de la ecuación, pero hierro, calcio y carbón, horneados en estrellas rojas gigantes hace miles de millones de años, dieron como resultado el que yo haya escrito esta entrada y tú la estés leyendo. Afortunadamente para la Humanidad, ha servido para muchas más cosas. Y también desafortunadamente.
Nuestro planeta es hermoso e impresionante, lo es mucho más cuando indagas acerca de los otros planetas del Sistema Solar y los cientos de satélites que se encuentran en él. Sí, a su manera son interesantes y eso… Pero luego vuelves a la Tierra y te dan ganas de llorar.
Aunque sólo sea un granito de arena en un desierto enorme. Un átomo de un granito de arena. Un electrón de un átomo. Una pequeña insignificancia azulada en un cosmos con un tamaño difícil de concebir. Una gilipollez, para que nos entendamos.
Lo cual nos deja a nosotros un rol algo menos que intrascendente en esta gran obra sideral. Por mucho que nos empeñemos. Y es por eso que, mientras la ciencia no para de decirnos que somos insignificantes, que no sólo somos un hálito de nada en el espacio inconmensurable, sino también en el tiempo, porque por mucho que duremos no seremos ni un ápice de un latido cósmico, y habremos dejado de ser cuando al universo le queden miles de cuatrillones de años de existencia, sino más, una mierda para que nos entendamos; la religión no para de decirnos que somos imprescindibles, que somos el ombligo del universo, que el motivo de TODO ESTO no es más que el desarrollo de la vida, y la culminación de la misma no es otra cosa que el Ser Humano, que dejará huella en el espacio-tiempo mediante una suerte de impronta espiritual y que los incontables cuatrillones de años de existencia del universo importarán más bien poco porque el Hombre habrá trascendido a otros niveles de existencia superiores, y logrará la perfección absoluta, sino más, la hostia, para que nos entendamos.
Pero seguimos viendo el universo como un ajeno a nosotros. “¿El universo ése, de qué va?” A pesar de que estemos hechos de la misma materia básica. Nos creemos importantes, decisivos, el objeto de todo cuanto es, y necesitamos agarrarnos a un nimbo de inmortalidad, porque no sólo somos importantes y decisivos y todo eso, a nivel global, sino a un nivel individual. Porque debe ser muy jodido aceptar que uno tiene lugar lógico únicamente a nivel humanitario, y que como persona nada de lo que hagamos es destacable.
Y, las cosas como son, si el día de mañana mismo la ciencia demostrara sin lugar a dudas que no existe el alma, ni una vida después de ésta, ni una sola pizca de misticismo, de espiritualidad, de esoterismo, ¿qué nos quedaría? ¿Qué sentido le buscaríamos a la vida? Procrear para salvaguardar la especie, para perpetuar la vida, no nos hace mejores que un virus. ¿Para qué demonios voy yo a acabar esa maldita novela que se niega a ser escrita? ¿Para qué me molesto en escribir esta entrada?
No me vale con mirar al cielo desnudo y sentirme hermano de esas estrellas que me guiñan el ojo (por un efecto visual atmosférico, todo cabe decir). ¿O quizá sí?
Bueno, a lo mejor todo es una cuestión de aceptar que ser hermano cósmico de esos astros celestes que me guiñaron el ojo hace millones de años, no esté tan mal, después de todo.
Y acabar la novela siempre será una buena idea. Y procrear también.
Venga, no seas tonto y lee la revista Nexus 2012, de la cual éste blog no es más que un anexo: http://nexusmmxii.iespana.es/index.htm
¿Qué otra cosa si no tienes pensado hacer hoy?