miércoles, 26 de noviembre de 2008

LA SILLA

Por Miguel Ángel Maca

Se trataba de un hombre octogenario.
Vestía camisa blanca de hilo tan fino, que dejaba entrever debajo una camiseta de tirantes.
Los pantalones oscuros, de un tejido algo más fuerte, subidos hasta más arriba del ombligo y atados, fuertemente, con un cinturón curtido en mil batallas, con el cuero desteñido y arañado por el tiempo, la hebilla deslucida y graciosamente ladeada hacia la izquierda.
La cabeza cubierta con una gorra azul celeste que seguro ocupaba un puesto vitalicio desde hacia mucho tiempo en tan altiva posición.
En la mano, cual centenaria arma blandida en tiempos de juventud, una garrota de madera, con una gran goma negra en la punta a modo de bayoneta.
Tenía una cara agradable, rebosaba simpatía. Puede que alguna vez tuviera los ojos claros;
el tiempo, implacable, borra toda mirada de vida como si se tratara de un tributo cobrado por haber sido testigo tantas veces.
Miraba algo que estaba junto a un contenedor de basura.
Era una silla que alguien había tirado. Su estado era deplorable, la tapicería rota y desgastada, el respaldo cedido por el uso y una de las patas reparada con precinto.
Había cumplido su función con creces.
¡Estaba en el sitio justo¡
La estudiaba desde todas las perspectivas. En un penoso intento de agacharse le faltó poco para perder el equilibrio. No cejó en su idea y tras afianzar su apoyo contra la acera en un ángulo más agudo y estirar una pierna en antiestética postura, consiguió palpar el pegajoso vendaje.
Su indignación crecía por momentos.
Los que en ese momento pasábamos por allí le oíamos relatar lo que parecía una locura de viejo.
- ¿Cómo se puede tirar una silla que esta nueva? Después dicen que hay crisis.
Nos hizo gracia en un primer momento y todos esbozamos, sin malicia alguna, una sonrisa.
Por su cabeza pasó la idea de cargar con ella, pero su cuerpo en rebelde desacuerdo terminó por disuadirle.
Una hora mas tarde, asomado en la terraza de mi casa, pude ver, como un hombre joven cargaba con ese mismo asiento a la espalda.
No pude por más que acordarme del viejo tasador de la basura.
No se si volveré a encontrarle para decirle que comprendo su enfado, que viejo no significa inservible, que no pude ver en un primer momento la similitud entre la raída silla y él.
Hay personas que, movidas por la necesidad, si saben captar la esencia y utilidad de las cosas que otros desechamos, personas que todavía comprenden que el envoltorio es solo, y en muchas ocasiones, una treta comercial.Ven el fondo y no la forma.
La vida nos ofrece continuas enseñanzas y la mayoría de las veces no sabemos tomar apuntes.
Nos ponemos en evidencia al creernos y sentirnos por siempre, esos jóvenes alumnos aventajados en la carrera hacia nuestro deterioro.