
Por Miguel Ángel Maca
Sentir a Dios más lejos que nunca dentro de una iglesia, puede añadirse desde ahora al repertorio de chistes que catalogados en el grupo del colmo de los colmos, hicieron y hacen las delicias de los niños en horas de recreo y reuniones al otro lado de la tapia. Haciendo uso de la cada vez menor libertad que ofrece la religión católica y sin pretensión alguna de caer en la blasfemia, siento y creo que altos estamentos persiguen convertir a los templos, en el del chiste, que estando tan lejos del pueblo no iba ni Dios.
Cuando un nuevo director llega a una empresa para atajar -que no solucionar- una crisis evidente o supuesta, que habitualmente y con demasiada ligereza se confunde, poco importan la imaginación ni los recursos propios de la persona para intentar paliar de la mejor de las maneras el caos detectado o provocado. Las instrucciones al omnipotente y maleable emisario son precisas y claras, vacías de sentimentalismos y programadas para, en un estallido de cambios, conseguir ambiciosos objetivos en un falso y rebuscado campo de batalla. Por desgracia, en la factoría vaticana que en sus comienzos fuera humilde taller de pescadores no podía ser de otra manera.
Después de conocer al nuevo dirigente de
"Dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César".
El Nazareno, salió mucho más airoso de la situación que el Padre Cesar, quién carente del tiento del buen pastor proclamó y pidió en su homilía, la rebeldía contra el Estado de España. Su particular interpretación del texto provocó la estampida de unos pocos, indignación de otros tantos y regocijo de indeseables que valiéndose de la educación de los que hicimos mutis por el foro, tuvieron la malsana idea de proclamar un audible “...pues hay que respetar las ideas de todos”; mientras, el predicador, actuó con la impunidad del que deja al populacho solucionar los mismos problemas que en épocas medievales.
Me pregunto si habrá sitio desde este momento en San Isidro para los creyentes que profesamos una religión universal y comprensiva que no esté reñida con la política participativa, y una vida social sin recordados bandos a las primeras de cambio. Es obligación de cualquier gobierno procurar libertades a los ciudadanos y si la iglesia quiere, no encontrará confrontación al atribuir a Dios el mérito de quienes no elijan hacer uso de ellas, coincidiendo y practicando las pautas marcadas por la maltrecha dirección de la doctrina católica.
La recurrida conciencia es patrimonio del individuo y no debe ser moneda de cambio por ningún estamento de la vida ni la sociedad. El obispo de Alcalá estará henchido en su orgullo al ver como el sustituto escritor, quién al más puro estilo de C.S. Lewis se preocupa por el sobrino del diablo con nuevas cartas, sigue al dictado las ordenes pertinentes para convertir a la ermita en fuente de ingresos de nostálgicos de la obra de Dios perdidos en un camino desde hace tiempo.