Por Miguel Ángel Maca
-Que no le dé la luz directa.
-No darle de comer después de medianoche.
-Que no se moje.
Tres sencillas reglas para que un Gremlin sea el primor de mascota que un día nos regaló nuestro padre. Lastima que no sirvan para la adorable ancianita que todos tenemos por vecina. La lista de lo que activa el instinto depredador de la tercera edad sería infinita. Hoy aporto una nueva causa:
- La calefacción central del edificio, apagada el primer día de frío de la temporada y sin importar la fecha oficial de su encendido.
Bajo la apariencia de una inocente desvalida de vista cansada y limitada por los años, que pide ayuda para encontrar el botón de un piso en el telefonillo, se esconde la acémila capaz de apuntar el número de móvil del presidente publicado en el tablón de anuncios del portal desafiando el obstáculo de los reflejos de cristal barato. La urgencia es un término tan amplio en su interpretación que de nada sirve dialogar en un intento de acercamiento de posturas.
El tembloroso pulso mostrado a la hora de acertar con la llave en la cerradura, asombrosamente se puede convertir a la hora de pulsar las teclas del teléfono, en la envidia del cirujano cardiovascular de reconocimiento mundial y, el susurro de voz transformado en autoritario torrente apabullaría al mismísimo Colin Power en sus años de Presidencia del Estado Mayor Conjunto y rimbombantes Tormentas del Desierto.
Curiosa transformación producida a las siete de la tarde, sin luz y resguardada de la lluvia. Siempre desconfié de la abuelita dueña del repelente Piolín. Su afición a terminar a paraguazos con el lindo gatito me preparaba, sin saberlo, para ver la cruel realidad que se esconde tras las apariencias de fragilidad y arrugada caricia.
Quien sabe, puede que estemos programados para estallar en cualquier momento. No sería de extrañar siendo victimas de temores, miedos, iras, envidias y deseos reprimidos, que una buena mañana mandemos a tomar por saco todo y decidamos cortar las ataduras de la cordialidad con el vecino, el hijo, el nieto y en última instancia hasta con la existencia. Pasamos toda la vida intentando esconderlos y, frustrados, llega el momento de que fluyan en un penoso intento por sentirnos realizados conscientes de haber tardado demasiado. Es la vuelta a la niñez. Es el retorno al origen de la pasión y al claro que se abre paso en la tormenta de los cánones marcados por la educación de nuestros primeros años. Asistiendo a la muerte del “políticamente correcto” en nada importan cortesía y diplomacia. Nos aferramos y apelamos a la manifestación del ser con todo su esplendor en un comentario de niño, que suelta delante del menos indicado, pero carente de la graciosa sinceridad recompensada con una caricia en la cabeza.
Llegar a viejo, sin saberlo en muchos casos, es la adoración a Descartes y la verdadera puesta en practica del fin que justifica los medios.