jueves, 13 de noviembre de 2008

HERIDAS ABIERTAS

Por Miguel Ángel Maca

Que el tiempo pasa inexorable y todo lo cura es la archiconocida letanía repetida por inercia ante una falta de palabras que sin saber por qué, nos obligamos en soltar presentes en desgraciadas reuniones, visitas a tanatorios, interminables velatorios y situaciones con desengaños de por medio. Es esta una rotunda afirmación que a veces en nada se ajusta a la realidad, ya que puede pasar toda una vida en que la llaga nunca deje de sangrar alimentada por recuerdos y conmemoraciones, o que basten unas pocas horas para suturar ofensas que resultan banales cuando son comparadas.

¿Cuánto es necesario para que una herida cicatrice? Estoy convencido que depende de la persona y de la naturaleza que la provocó; habiendo acciones que, como hojas de sierra, desgarran en lo más profundo del ser y son imposibles de olvidar, otras incisiones hechas con bisturí, aunque molestan, dejan una cicatriz apenas perceptible.

Setenta años son muchos, si, pero no suficientes para los ancianos que siendo niños vivieron aquella noche del 9 al 10 de noviembre de 1938. Es probable que para muchos de los que estáis leyendo ahora mismo esta reflexión, no signifique nada el término "Reichskristallnacht", pero todos reaccionamos, asociamos con la barbarie, y nos encojemos, cuando oímos hablar de "la noche de los cristales rotos". El triste episodio al amparo de la oscuridad en que se dio el pistoletazo de salida al Holocausto nazi. Detenciones, destrucción de sinagogas, saqueo de comercios y almacenes, profanación de cementerios judíos, internamientos en campos de concentración y asesinatos masivos, son motivos todos ellos más que suficientes para odiar y pasar décadas martirizados los unos y, lo que es más incomprensible, orgullosos los otros.

En estas fechas se conmemoran los hechos y he visto en los informativos imágenes de un soldado alemán con su abotonado uniforme, gorra calada y un bote de pintura con la que, obedeciendo órdenes, marcaba los cristales de una tienda con la palabra "judío" y la estrella de David. La filmación en blanco y negro, que en principio tranquiliza por conferir al documento plagado de característicos acelerones y frenazos de las cámaras de la época, la huella de la lejanía de momentos irrepetibles en la historia, deja paso con solo fijar la mirada a nuestro alrededor a una indudable desazón.

Esta misma tarde, en el trabajo, he podido fotografiar la puerta de uno de los aseos. Este pedazo de madera, al igual que muchos otros de empresas en el mundo entero, es la barrera que divide el territorio de la cordura y el del patetismo y, el escondite tras el que se agazapa el que relaja el intestino a la par que suelta la diarrea mental con hirientes garabatos en tintes de rotulador (Esvásticas, insultos racistas, proclamas de dictadores...).

Son la firma del autor que todos conocemos y ninguno denunciamos. Son compañeros del moro, del rojo y del homosexual, pero que piensan igual que los dirigente nazis representados por Hermann Goring, quien dijo:

"La ciudadanía judía de Alemania, como castigo por sus crímenes abominables, tiene que hacer frente a una multa de mil millones de marcos. A propósito, debo reconocer que no me gustaría ser judío en Alemania."


Los cristales se han recogido pero ecos de roturas persisten clavados en el recuerdo de los tiempos.