
Por Antonio Runa
Gracias.
Fue la última palabra que le oí decir a mi padre, y a fue a través de un contestador. Dos días después un infarto fulminante le concedió un último y agonizante cuarto de hora de vida. No se le conocía ninguna afección cardiaca y no hubo precedentes familiares (de hecho, mi abuelo y el abuelo de mi padre murieron de viejos). Este tipo de cosas pueden heredarse.
Paso, como muy poco, ochenta minutos al día al volante de mi coche. Compartiendo carretera con miles de ciudadanos con actitudes al volante de muy diversa índole.
En mi edificio viven, de momento, cinco matrimonios de ancianos. Muy simpáticos, sí, pero cualquiera de ellos puede dejarse la llave de la bombona del butano abierta.
Todos los fines de semana atravieso la Gran Vía madrileña en su versión de madrugada, una jungla impredecible donde conviene estar muy alerta.
Digamos que tengo estupendas oportunidades de fallecer el día menos pensado. Y últimamente esto me ha llevado a meditar acerca de la muerte. No desde ese planteamiento bohemio y filosófico, sino en esa muerte con olor a hospital y sala de espera. Y se me antoja insoportable la idea de marcharme con tanto por hacer. A pesar de que es infinitamente más intolerable la imagen de que se me vayan otras personas.
Te despides de alguien, ya sea por una temporada o sólo por unas horas, incluso minutos, y resulta que no volverás a verle. Pero eso no lo sabes, claro, ahí está el dilema. En ocasiones, estando con mi novia de toda la vida, me han pasado por la cabeza pensamientos que he tenido que espantar rápidamente. Supongo que todos lo hacemos. He escuchado más de una vez aquello de: “Si te murieras, yo no sé qué haría”. Y supongo que todos preferimos ser la carta descartada, la pieza sacrificable del tablero. No tengo claro si esto es generoso o egoísta. Se supone que los que lo pasan mal son los que se quedan. Sea como fuere, el simple de hecho de acordarse de ese último instante atormenta más allá de lo aguantable. Recuerdo la despedida en casa de Omar y Belén, tras una partida de rol de un juego de samuráis, había que suspender la campaña porque se marchaban de vacaciones a Galicia. Omar volvió con un brazo roto y heridas por doquier. Sólo él volvió. Con mi padre ocurrió algo parecido. Con ese encargado de mi empresa varió la circunstancia, pero muy poco. A este último el tumor triple le fue destruyendo poco a poco. Luchó durante cinco meses. Hubo tiempo para despedirse de él, pero su memoria iba y venía, lo que dificultaba saber con quién estabas hablando, si con el tipo que te reconocía o el que te preguntaba qué querías. Al final, tampoco me despedí como era debido.
Procuramos no pensar en estas cosas. Tampoco vas a dar a tus seres queridos un abrazo asfixiante cada vez que bajas a comprar el pan. Basta con hacer un paréntesis en tu vida para analizar tu situación, si te gusta tu familia y los amigos que has ganado hasta hoy, ser agradecido y valorar lo que tienes. Con eso es suficiente.
Bien, y ahora sigamos viviendo.
Este anexo corresponde a la revista de misterio Nexus MMXII: http://nexusmmxii.iespana.es/index.htm
Gracias.
Fue la última palabra que le oí decir a mi padre, y a fue a través de un contestador. Dos días después un infarto fulminante le concedió un último y agonizante cuarto de hora de vida. No se le conocía ninguna afección cardiaca y no hubo precedentes familiares (de hecho, mi abuelo y el abuelo de mi padre murieron de viejos). Este tipo de cosas pueden heredarse.
Paso, como muy poco, ochenta minutos al día al volante de mi coche. Compartiendo carretera con miles de ciudadanos con actitudes al volante de muy diversa índole.
En mi edificio viven, de momento, cinco matrimonios de ancianos. Muy simpáticos, sí, pero cualquiera de ellos puede dejarse la llave de la bombona del butano abierta.
Todos los fines de semana atravieso la Gran Vía madrileña en su versión de madrugada, una jungla impredecible donde conviene estar muy alerta.
Digamos que tengo estupendas oportunidades de fallecer el día menos pensado. Y últimamente esto me ha llevado a meditar acerca de la muerte. No desde ese planteamiento bohemio y filosófico, sino en esa muerte con olor a hospital y sala de espera. Y se me antoja insoportable la idea de marcharme con tanto por hacer. A pesar de que es infinitamente más intolerable la imagen de que se me vayan otras personas.
Te despides de alguien, ya sea por una temporada o sólo por unas horas, incluso minutos, y resulta que no volverás a verle. Pero eso no lo sabes, claro, ahí está el dilema. En ocasiones, estando con mi novia de toda la vida, me han pasado por la cabeza pensamientos que he tenido que espantar rápidamente. Supongo que todos lo hacemos. He escuchado más de una vez aquello de: “Si te murieras, yo no sé qué haría”. Y supongo que todos preferimos ser la carta descartada, la pieza sacrificable del tablero. No tengo claro si esto es generoso o egoísta. Se supone que los que lo pasan mal son los que se quedan. Sea como fuere, el simple de hecho de acordarse de ese último instante atormenta más allá de lo aguantable. Recuerdo la despedida en casa de Omar y Belén, tras una partida de rol de un juego de samuráis, había que suspender la campaña porque se marchaban de vacaciones a Galicia. Omar volvió con un brazo roto y heridas por doquier. Sólo él volvió. Con mi padre ocurrió algo parecido. Con ese encargado de mi empresa varió la circunstancia, pero muy poco. A este último el tumor triple le fue destruyendo poco a poco. Luchó durante cinco meses. Hubo tiempo para despedirse de él, pero su memoria iba y venía, lo que dificultaba saber con quién estabas hablando, si con el tipo que te reconocía o el que te preguntaba qué querías. Al final, tampoco me despedí como era debido.
Procuramos no pensar en estas cosas. Tampoco vas a dar a tus seres queridos un abrazo asfixiante cada vez que bajas a comprar el pan. Basta con hacer un paréntesis en tu vida para analizar tu situación, si te gusta tu familia y los amigos que has ganado hasta hoy, ser agradecido y valorar lo que tienes. Con eso es suficiente.
Bien, y ahora sigamos viviendo.
Este anexo corresponde a la revista de misterio Nexus MMXII: http://nexusmmxii.iespana.es/index.htm