Por Miguel Ángel Maca
El gato estaba especialmente juguetón, cuando legañoso y con chancletas, abrió la puerta del salón.
Tomó la decisión de aislar al felino en cómodo presidio de cojines, televisión y calefacción central, para evitar, en un ataque de locura programada, acabar con la séptima alma del maniático que afilaba sus uñas desperezadamente en el sillón que tenía en la habitación; los hilos blancos colgaban heridos haciéndose notar contrastando con el aterciopelado color rubí en que se sentaba a ponerse los calcetines, cuando no estaba lleno de ropa amontonada y lista para el remojón en suavizante.
Mientras el dueño lo miraba pensando en que el sobrepeso de la buena vida se acomodaba bajo un pelaje brillante y salpicado de rayas oscuras, la mascota se divertía con algo entre sus patas delanteras, estirado y volteándose sobre los lomos, en actitud tan simpática que invitaba a la imitación sobre la placentera tarima.
Durante el ceremonioso y sosegado cepillado de dientes, que tiempo habría de correr en el trabajo, en vez de mirarse durante interminables minutos al espejo y huyendo de la obsesión con la imagen aceptándose tal cual, le gustaba reflexionar y trazar el plan de ataque a la jornada mientras la mano, ajena a reuniones del mando táctico, ejecutaba ordenes precisas del dentista.
La semana anterior había leído en una revista un articulo titulado "10 claves para ser feliz” y ya que era imposible dedicar tiempo al descanso y hacer el amor regularmente, planificaba minuciosamente salidas con amigos, visitas al cine o paseos por el campo.
Con media cara rasurada, se preocupó por un detalle escapado a la conciencia y que ahora amenazaba su felicidad, repasando la primera instantánea del comedor.
¿Con que estaba jugando el gato?
Apresurado, se asomó, y la imagen de frágiles huesos rotos a merced de peludos puños golpearon el más que nunca etéreo buen humor.
El hámster había escapado de su jaula rodante y blanco de pelo, fue diana, delicia de juegos y objeto del indomable instinto de la que creía inofensiva mascota.
Dura lección, que por ser la victima un roedor esconde el olvido del humano, exculpa al asesino y homenajea al pobre animal que se enfrentó a un gato sin la menor de las posibilidades, por culpa de un sillón y poniendo de relieve la incontestable verdad como es que, disgusto de los unos provoca delicias de los otros.
Nadie dijo que la ley del más fuerte, no fuera una jodienda.














