
Por Miguel Ángel Maca
“En el corazón del bosque vivían tres cerditos que eran hermanos. El lobo siempre andaba persiguiéndoles para comérselos. Para escapar de la fiera, los cerditos decidieron hacerse una casa.”
El cuento escrito hace trescientos años y que Walt Disney se encargó de dar a conocer allá por 1933, en un afán por atrapar al mundo mediante mensajes subliminales en las redes de la doble moral americana, y en la que la fábula de una tortura al diferente , sin importar razón ni motivos, entraba por los oídos sin necesidad del incomodo pitido superpuesto, tambalea hoy la vivienda y convivencia del cochino previsor, que en un alarde de cochambre porcina descubrió que nada mejor que vivir en una construcción de sólido ladrillo para, escondido entre la multitud, disimular el aroma jamonero de su existencia en vida.
Dejando de lado la versión del cuentista y mostrando previo aviso el ” no apto para menores de trece años”, los hechos revelan que la urbanización creció aprovechando un momento de bonanza económica y en una avalancha de especulación urbanística y rodeados de chalés, los tres marranos decidieron vivir juntos, formando parte de una comunidad en la que las comodidades y entendimiento hacían las delicias de los hermanos, tranquilos por el arropamiento de los numerosos miembros que les permitían dormir sin la preocupación del merodeador depredador, del que por cierto misteriosamente nunca jamás se supo nada tras el remojón en el caldero en el intento de entrar por la chimenea.
Haciendo hogar de las cuatro paredes, que en un principio es casa, los guarros la convirtieron en la cómoda pocilga en la que nacieron y bien criados crecieron; escudados en que de puertas para adentro y sin pulsador de alarma vandálica, en nada interviene el vecindario sobre gustos decorativos, preferencias culinarias o mascarillas y rebozados cutáneos a base de excrementos que tan saludables y buenos resultados ofrecen en la luminosa y sonrosada piel de un verraco, el parque recreativo de la porqueriza del cuarto crecía sin control.
Queriendo hacer participes a los vecinos de semejante sensación de vivir, decidieron convertir la comunidad en parte de su dominio y expulsados del grupo por la devaluación del caché de Brenda y compañía, llegaron y viven en un piso alquilado dentro de mi edificio, del que casualmente tengo el impuesto honor de ser presidente durante un año.
He de reconocer que siempre me moví mejor entre personas, desarrollando un peculiar respeto hacia los animales, pero teniendo siempre claro el sitio que corresponde a cada uno.
Difícil situación con oscura perspectiva la que se me presenta, que tornándose, fin de semana tras fin de semana, de un marrón claro a un caqui mierda por las cada vez guarrerías más animales con las que nos sorprenden, no dejaron mas alternativa que llamar al lobo feroz, que en el cuento omitieron vive de una suculenta renta mensual por alquiler de viviendas a los puercos inadaptados y que con el invento de las transferencias, nada se volvió a saber de él en su territorio de soltería.
Una perfecta adaptación al medio, consiguiendo el dueño esconder tan frondoso rabo tras uno rosado y muellemente cargado de euros.
Cuando tradiciones animales y convivencia se enfrentan en desacuerdo, los concursos de salivazos en espejos de los ascensores, roturas de cristales, colillas por el suelo y llaves de la luz machacadas a coces se suceden en represalia, llegando por la falta de conciencia y educación, a mear por las esquinas en un alarde primitivo de volver a marcar territorios del que tantas veces fueron y son arrojados.
Toda fabula termina con una enseñanza, y no siendo esta de menos, evitando caer en la embriaguez del símil con botellas de licores de peras y manzanas que al parecer tan mal regusto dejan al mezclarse a la derecha de la boca, permítaseme un insustancial y novedoso ripio recordando y utilizando a Calderón de
La vida es mierda,
…y los cerdos, cerdos son.