sábado, 27 de diciembre de 2008

EL PEDALEO OLVIDADO

Por Miguel Ángel Maca:

Por más que lo intento, no consigo recordar el momento en el que aprendí a montar en bicicleta sin los ruidosos patines. El cómo, con quién y cuando, reposan en algún escondrijo de la memoria o habrá sido sustituido por cualquier otro dato, que caprichoso cerebro, consideró más importante.

Si algo cambiaría en una alucinante vuelta al pasado, utilizando la ingeniosa patente multimillonaria del innovador departamento del magnate Gates encargado de alucinaciones virtuales, sin necesidad de reseteo mental o amnesia permanente debido a efecto secundario por el viaje, sin duda ocuparía el primer puesto empezar una bitácora en la que apuntar experiencias importantes, tras trillar y separar trigo de paja, de aquellos momentos que alegremente desechamos.

Cuando nacemos, nuestros padres compran o reciben con agrado el maravilloso libro de "mis recuerdos", en el que figuran en sus primeras páginas, el nombre, fecha del maravilloso desenlace y puede que la primera fotografía del pelón en el único momento de la tarde en que, saciado de teta, dejó de fruncir el ceño en gesto que tanto recordaba a la familia de...; luego nada más. Punto y final a la novedad y si te he visto no me acuerdo, pronunciado el primer y único eructo que hizo gracia.

Ayer por la tarde estuve con mi hijo en el parque cumplimentando con grafismos de paciencia el expediente de tradiciones y obligaciones de un padre, sintiéndome inevitablemente sujeto por similitudes de antaño. Mi reflejo en él, fueron suficientes para contestar interrogantes de respuestas perdidas en los tiempos.

Dudosas remembranzas afloraron, viendo y preocupado por los giros desorbitados, el desacompasado pedaleo, la mirada al suelo presagio del choque, el sudor que provocado por el nerviosismo escondió el del brutal esfuerzo enfundado y disimulado en el empeño, y las manos tintadas en polvo y sudor aferradas al manillar, que a modo de torno intentaban atenazar la trayectoria en línea recta que solo el toque de pluma dado por la experiencia conseguirá un perfecto rumbo o trazada.

Verle, fue el regalo suplente de mi olvido, que ahora reclamado, creí sin importancia.

Objetivo logrado por su parte y por la mía, nos fuimos a casa con los deberes hechos. El parte de guerra, acorde a la batalla, se saldó con dolor de piernas, rodillas de Nazareno, zapatillas reventadas y dos sonrisas de oreja a oreja con las que padre e hijo sellamos el compromiso de pedaleo para el día siguiente.

Mientras escribo esta entrada, el pequeño deportista ha caído derrotado en el sillón. Le miro, deseando que este día encuentre ubicación más importante en su librería y que cuando llegue el momento localice la vivencia en el rincón de sus agrados.