
Por Antonio Runa
Unos amigos y yo visitamos el Gran Paraíso del Diamante en Amberes, un lugar donde cortaban, pulían, perfeccionaban y vendían estas valiosas piedras. Una especie de museo de diamantes, aunque con venta posterior. La entrada costaba 12 €, y era lo más barato que allí se podía pagar. Había pantallas con videos predeterminados donde se podían ver documentales en todos los idiomas sobre todos los procesos a los que eran sometidos los diamantes antes de su venta, además nos topamos con exposiciones, gráficos y, por supuesto, una lujosísima tienda al final del todo, donde una “miaja” (como diría mi madre) de diamante ya te valía un órgano vital. Las etiquetas de los pedruscos más grandes provocaban risa. Casi la misma risa que les debería entrar a los tíos que había tras el mostrador, cuando veían a mi amiga Elia y mi novia probarse anillos y pendientes con diamantes estupendamente engarzados y con ornamentos de oro y plata. Luego nos miraban a nosotros, a mi amigo Guillermo que prefería mirar a otra parte, y a mí, que tenía toda la pinta de tener un Aston Martin en la puerta esperándome por los cojones, con mi pelo largo suelto, mi desgastado tres cuartos de cuero y mi habitual barbuza de cuatro o cinco días.
Recé hasta al Zeus griego para que me sacaran de allí cuanto antes. Jamás he padecido complejo de mendigo alguno hasta ese día.
Pero lo más interesante fue ver trabajar al que podríamos llamar TPD, “el tío que pulía los diamantes”. Trabajaba en un pequeño taller, detrás de una mampara de cristal anti-balas, con un instrumental extraño. Medía la diminuta piedra con un insólito aparato que se ponía en el ojo, repasaba con piedra, volvía a medir, lijaba. Hacía un montón de cosas muy interesantes de buenas a primeras, pero cuando te quedabas allí un rato mirándole (cosa que nadie perdía el tiempo en hacer más allá de un minuto), te dabas cuenta que siempre hacía lo mismo, una y otra vez. Todo el santo día cortando y puliendo y limando y qué sé yo la superficie de los diamantes. Hasta el polvo diamantino que caía en un pañuelo situado debajo del instrumental debía ser depositado en un envase. Trabajando con una cámara permanentemente encima de ti. Un trabajo de mierda, pensamos.
Pero luego uno medita acerca de la escasa gente facultada para ese fin, capaces de asumir una responsabilidad de coste millonario. ¿Qué sueldo tendría TPD? Se me antoja que, con esa cara de muerto de hambre, el reloj barato que luce su muñeca, los dos botellines de cerveza vacíos en la mesa al fondo (nada de caviar, melón con jamón y champagne) a lo mejor sí tenía un Aston Martin aparcado en su plaza propia (si es que prefería gastarse su gran millonada ahorrada sólo en "transporte"). O, muy seguramente, no lo tuviera tampoco.
Un trabajo de mierda, volvimos a pensar.
Todo el santo día cortando y puliendo y limando y qué sé yo miles de euros para otros, y hasta la roña que se queda entre las uñas debe meterse en un envase.
En fin, me acuerdo de ti, TPD. Supongo que te mereces una entrada en algún blog. Es lo mínimo.
Recé hasta al Zeus griego para que me sacaran de allí cuanto antes. Jamás he padecido complejo de mendigo alguno hasta ese día.
Pero lo más interesante fue ver trabajar al que podríamos llamar TPD, “el tío que pulía los diamantes”. Trabajaba en un pequeño taller, detrás de una mampara de cristal anti-balas, con un instrumental extraño. Medía la diminuta piedra con un insólito aparato que se ponía en el ojo, repasaba con piedra, volvía a medir, lijaba. Hacía un montón de cosas muy interesantes de buenas a primeras, pero cuando te quedabas allí un rato mirándole (cosa que nadie perdía el tiempo en hacer más allá de un minuto), te dabas cuenta que siempre hacía lo mismo, una y otra vez. Todo el santo día cortando y puliendo y limando y qué sé yo la superficie de los diamantes. Hasta el polvo diamantino que caía en un pañuelo situado debajo del instrumental debía ser depositado en un envase. Trabajando con una cámara permanentemente encima de ti. Un trabajo de mierda, pensamos.
Pero luego uno medita acerca de la escasa gente facultada para ese fin, capaces de asumir una responsabilidad de coste millonario. ¿Qué sueldo tendría TPD? Se me antoja que, con esa cara de muerto de hambre, el reloj barato que luce su muñeca, los dos botellines de cerveza vacíos en la mesa al fondo (nada de caviar, melón con jamón y champagne) a lo mejor sí tenía un Aston Martin aparcado en su plaza propia (si es que prefería gastarse su gran millonada ahorrada sólo en "transporte"). O, muy seguramente, no lo tuviera tampoco.
Un trabajo de mierda, volvimos a pensar.
Todo el santo día cortando y puliendo y limando y qué sé yo miles de euros para otros, y hasta la roña que se queda entre las uñas debe meterse en un envase.
En fin, me acuerdo de ti, TPD. Supongo que te mereces una entrada en algún blog. Es lo mínimo.