
Por Miguel Ángel Maca:
Otro nuevo despropósito amenaza la humillada dignidad del ser humano, esta vez en el Barrio de Campamento de Paterna (Valencia), que harta de los excrementos de los perros que inundan sus calles, ha propuesto al Ayuntamiento, a través de
El proceso es sencillo:
Cogemos la caquita, la analizamos, localizamos al dueño y le sancionamos. Supongo que los gastos de los operarios contratados para coger las muestras, los del laboratorio de análisis y los de los administrativos no serán gratis y que esta asociación ya asumirá la subida en los impuestos. Luego ponemos el grito en el cielo cuando los juzgados están colapsados y las ventanillas de los organismos públicos no dan abasto. Los vecinos apuntan otra ventaja de la prueba, como sería conocer el pedigrí de los animales, que por todos es sabido que una mierda real, principesca o de varón debe de sancionarse mucho más que la de un chucho.
Vayamos más allá y dispuestos a solucionar las incomodidades de todos, ¿por qué no pedimos que nos hagan un estudio también a nosotros? Podríamos, de igual modo, multar a quienes tiren al suelo una colilla, el palito del helado, el escupitinajo que atravesado en la garganta da un colorido toque a paredes y aceras, la propaganda, el pipí o el popó del nieto, las migas de pan que echan a las palomas los unos mientras que los otros intentan matarlas cansados de sus excrementos, los restos de los botellones, las cáscaras de pipas, los condones usados, etc….
Así empezamos con los lobos, buitres, osos y demás especies en peligro de extinción, que primero los marcamos y años después alguien propuso su aniquilación y les desechamos de nuestro entorno. ¿Cuánto tardarán las cabezas pensantes en prohibir los perros en las ciudades?
Es cierta y comprensible la indignación mostrada por los residentes de este barrio pero creo que no sería difícil sacar los colores a los indeseables que se saltan a la torera las normas mínimas de convivencia dentro de una sociedad. Es a estos individuos a los que hay que perseguir y quienes deberían estar vigilados, porque la lían en la calle con el perro, en la comunidad con sus vecinos, en el trabajo con sus compañeros y en su propia casa transmitiendo a sus hijos valores que contribuirán a que todos carguemos con los costes generados por la nueva generación de parásitos.
Conocemos a los infractores pero chocamos con el problema de siempre:
¿Quién pondrá el cascabel al guarro?