viernes, 9 de enero de 2009

LO QUE APRENDÍ DE CASAVELLA


Por Isabel Queipo

Hay múltiples ejemplos de por qué no se deben dejar las cosas para mañana o pasado mañana. En mi cabeza hay una serie de promesas fantasmales que me atormentan desde ayer: “Cuando vaya a Barcelona iré a verte”; “cuando tenga mi novela te la pasaré”; “cuando vaya al Salón del Cómic te aviso y nos tomamos algo”... Dos cosas tienen en común: que fueron pronunciadas, calculo, en 2004 y que iban dirigidas a la misma persona. El escritor barcelonés Francisco Casavella, autor de novelas llevadas al cine, de antihéroes que pululan en una Barcelona canalla, donde dejaba traslucir su talento para el humor y la melancolía, a partes iguales. Ganador del Premio Nadal hace un año justo con “Lo que sé de los vampiros” (en mi lista de cosas por leer). Era esa mezcla, junto a su forma tan directa de transmitir sus reflexiones, lo que me fascinaba de él. Eso y su facilidad para hacerme reír con muy pocas palabras. Vale que soy un público muy agradecido, pero lo suyo era de empezar y no parar.
Le conocí cuando en mis manos cayó la tarea de editar su columna “En Órbita”, que entonces escribía para la revista La Luna. Era uno de mis primeros trabajos serios, y la responsabilidad me pesaba. Cada semana le llamaba y le daba la medida exacta de la columna. Nuestras conversaciones eran, más o menos, así. “Hola, Casavella. Tienes 950 palabras este número”. “Vale, pues gracias. El lunes la tienes”. “Gracias a ti, feliz fin de semana”. Así durante un par de meses, hasta que introdujo una observación para romper la fórmula: “Me fascinan estas conversaciones tan intensas que nos traemos”. Me agarré a ese cable con las dos manos, agradecida de que me diera la oportunidad de conocerle un poco más. Y así fue, durante tres años, como le conocí a través de sus palabras, escritas y escuchadas. Me daba la risa tonta su registro ligero, payaso, mi favorito; trataba de extraer una enseñanza de sus artículos más sesudos sobre la cultura pop y lo que ésta tenía en común con la vida normal; me emocionaba con aquellas columnas, más escasas, en las que condensaba la melancolía de un domingo por la tarde, día de resaca, de recuerdos del sábado, de angustiosas premoniciones del lunes. Dicen que era un hombre serio, pero puedo asegurar que sólo había gravedad en su expresión facial, su tono de voz o su dedicación al trabajo. Y poco más. Quiero pensar que sus gansadas eran sólo para mí, para ese público fácil que agradecía el que un genio se molestara en regalarle momentos hilarantes a través del teléfono.
Ahora atesoro todas estas conversaciones como si las hubiésemos sostenido ayer en vez de hace mil años. Ignoraba que había dejado de teclear para siempre el pasado 17 de diciembre y, tras leerlo en los diarios, me quedo con la impresión de haber robado las risas y las bromas de estos últimos días de Navidad a un conocimiento del color de esos domingos de resaca, de buenos recuerdos ya pasados, de miradas al mañana con un nudo en el estómago. Porque mañana ya no podré visitarle, ni escribirle ni, vaya puñeta, tenerle como guía por esa Barcelona canalla de watusis y enanos con la excusa del Salón del Cómic. En mi recuerdo está esa voz seria, rapeando en su contestador de voz, recordándome que deberé encajar el rechazo de 20 editoriales antes de que cualquier obra mía conociese las mieles de una mínima relevancia, diciéndome que no deje de intentarlo. Prometí no rendirme. Que al menos en eso no le falle.