domingo, 11 de enero de 2009

COSAS SÓRDIDAS


Por ANTONIO RUNA

No es extraño que me dé por escribir cosas a las tantas de la madrugada. Es más, suele ser un hábito común en mí. Uno está más vivo, más despierto, más inspirado, a las tantas que en los “horarios decentes”. Y como ya he soltado un lastre que solía ser talismán para mí, un blog del que prefiero no hablar, aunque sí acordarme, no tengo más remedio que soltar mis demonios interiores en este espacio. Además, las reglas del juego eran que en el Anexo 2012 todo valía. TODO.
Supongo que volveré a aprovechar otra oportunidad más de arruinar la imagen buena y profesional que tanto me cuesta ganar, para ofrecer esa cara campechana y radical que tan poco me conviene mostrar. Hoy no soy el Antonio Runa Jekyll, hoy soy el Antonio Runa Hyde.
Me conviene serlo. La noche que he pasado me ha convertido en el tipo que prefiere mirar a otro lado cuando debe ser solidario y altruista. Más Yang que Ying. Y en tales circunstancias, es conveniente ser una suerte de Tyler Durden de tres al cuarto, para que nos entendamos (los que lo entendáis). Chico malo. Vedlo como prefiráis.
Supongo que estoy en disposición de contaros cosas que quizá no sepáis, y un asunto sórdido para rematar la jugada. Y es que ha sido una noche rara. Una noche rara incluso para una criatura de la noche como yo, acostumbrado a lidiar con los góticos más recalcitrantes de la escena siniestra madrileña, que se siente pez en su agua atravesando la Gran Vía nocturna, jungla como pocas de lo peor que ofrece el género humano, que se junta sin pertenecer a ella con la estirpe blackmetalera más extrema y chungona con la que uno se puede topar, ebemeros cuasi nazis y flipados del airsoft soñadores de una legislación que legalice el derecho a un arma de fuego antes que a nada, por poner los primeros ejemplos que me vienen a la cabeza de habitantes de la menos recomendable madrugada madrileña… porque… de alguna manera insólita, tengo algo de todo eso sin ser, de ninguna forma en absoluto, nada de eso.
Es extraño.
Incluso para mí.
Afortunadamente para mi familia y mi propia persona, sólo me junto con esta forma de chusma poco aconsejable los sábados a las mil de la noche.
Como el que asiste de testigo a una sesión ouija sin que su dedo toque el vaso, esté en una partida de rol sin tener papel ni hoja de personaje o ése que está frente a la cama, sin siquiera tocarse los genitales, mientras otros follan ignorando su presencia… como ésos, continúo diciendo, me veo yo habitualmente en la noche de la capital española. Una criatura de la noche expectante, casi un voiyer. Demasiados años ya para que un sábado por la noche me sorprenda en modo alguno, estando más cerca de los cuarenta que de los treinta, y con una tolerancia para el alcohol que ya quisieran muchas novias de arqueólogos spielbergianos residentes en Nepal. Y aún así, hoy llego a casa con el ceño fruncido y pensando que algo no termina de ir bien en el mundo.
Cuando paso con mi coche por esa calle cercana a Plaza Castilla llamada Felix Boix, y veo una escena propia del cine actual de Ridley Scott en la puerta del restaurante De María, sitio de gente bien y hasta demasiado bien, y todavía mejor (hace sólo cuatro semanas, en un día lluvioso, por casi atropello a un Del Bosque, sí, el mismo seleccionador nacional en el que estáis pensando, sólo porque no se le ocurre mirar antes de cruzar una carretera; ejercicio habitual cuando eres mileurista o te acercas a serlo, pero no cuando eres millonario, al parecer), pero sin cámaras por los alrededores.
Joder, hoy eran las cuatro de la madrugada. No da lugar que a esas horas ese sitio siquiera “funcione”. Pero paso con mi coche, tras dejar a cierta dama en el portal de su casa, y me encuentro con tres personajes llevando en brazos a un cuarto, y un quinto portando en sus manos la chaqueta con capucha (blanca y roja, para ser exactos) del cuarto que, como os podéis imaginar, iba del todo inconsciente. En el mejor de los casos, lo de inconsciente. Se pararon ante una especie de Saab, o un Lexus, o algo así, y los que portaban al sujeto en estado sospechoso se detuvieron ante el maletero. Aquí voy a ser sincero, no detuve mi automóvil a comprobar si lo metían en él. Pero lo parecía. El que no ayudaba a transportar el cuerpo, parecía muy alerta de su entorno. Creo que me vio pasar. Y digamos que me llevé mejor con el pedal del acelerador que con el del freno, dadas las circunstancias. Ignorando toda forma de retrovisor y ocultando mi verdadera estatura tras el asiento al pasar de largo.
Por Dios, en la puerta de ese restaurante me saludaron los chicos que pusieron de nuevo al Atlético de Madrid en 1ª División, tras la debacle del descenso. Sí, eligieron De María como lugar para su celebración. Allí dos triunfitos cruzaron su mirada con la mía, con aires de absurda e inexcusable prepotencia. Allí varios banqueros, escritores y periodistas de élite se dignaron a tocar la cabeza del perro de mi novia, mientras le sacábamos a hacer sus cosillas. Allí el entrenador de España en el próximo mundial estuvo a punto de morir en el capó de mi jodido Volkswagen.
Y allí, cuatro tíos se llevaban a cuestas a alguien hasta un maletero, en un horario donde hasta los restaurantes de kebabs han cerrado sus puertas sobradamente.
Ahora la pregunta es, ¿vi a esa gente meter a este pobre tipo en el maletero?
No.
¿Les vi sacarle del interior del restaurante antes citado?
Tampoco.
A lo mejor se lo encontraron en la puerta, durmiendo, y decidieron llevarle a su casa. Luego resultó que no entraban por el hueco de los coches aparcados en batería, y esperaron allí hasta que el dueño del Saab, el Lexus o lo que fuera, diera marcha atrás y lo depositaran en los asientos traseros. Como se haría con un amigo. Con un amigo vivo, cabría especificar.
Vaya, yo sólo vi la parte sórdida. La parte que daba que pensar. Me perdí la parte que dejaba esta situación jodida en sólo una situación típica. Vaya por Dios, que importunismo el mío. Y encima dejo en mal lugar a un restaurante de buena categoría y con renombre.
Qué mala persona soy.
Pero, pasando por allí, como quien no quiere la cosa, camino de casa, tuve la sensación de que si detenía mi vehículo y me quedaba a mirar, nada bueno me pasaría.
Posiblemente no estaría escribiendo esta estúpida entrada.
Como sujeto racional, y teniendo en cuenta el día y la hora, bien podrían ser unas personas llevando en brazos al que peor sabía beber de ese grupo de amigos.
Y aún así, alguien versado en estos ambientes nocturnos, se permite el beneficio o el perjuicio de la duda.
Normalmente mi instinto me sirve bien.
Supongo que éste es el mejor momento para olvidar lo que se acaba de leer y seguir prestando importancia a las cosas que de verdad nos conciernen.

PD:
El restaurante es genial, me han dicho.
Independientemente de si pertenece o tiene relación con alguna mafia. Eso no me lo han dicho.