
Por Antonio Runa
Su amigo el doctor colocó la radiografía en el panel.
—Es justo ahí –dijo—, ¿lo ves? Junto a la médula espinal.
—Es muy pequeño.
—No importa el tamaño. Importa que está ahí. Si lo hubiéramos descubierto antes…
—No me jodas, Isaac; ¿cuánto tiempo me queda?
El buen doctor se miró la punta de sus zapatos.
—Yo no apostaría por que vieras el final del verano.
Más o menos fue así como Mario se enteró de que estaba muriéndose.
Es curioso, justo en ese momento en que Mario había empezado “oficialmente” a morirse, es cuando de verdad empezó a vivir. Sabiendo que le quedaban meses de vida, se preocupó de que esos meses fueran realmente buenos. Por ejemplo, siempre quiso ver Borneo. Pues bien, cuando habló conmigo sobre esta cuestión, hace ya un tiempo, tenía en su bolsillo un billete de avión. Había sido caro, pero el concepto de ahorro, en ese instante de su vida, no tenía el mismo sentido que antes.
Me enseñó el billete y una sonrisa. De alguna manera, sentí envidia de él.
Al día siguiente a mí me podría haber atropellado un camión; hubiera tenido menos tiempo que él todavía, pero no lo sabía. Ningún médico me garantizó que no vería el final del verano. De haber sido así, hubiera dicho: “Espera, que me voy contigo”.
El problema de muchos es que no tienen la excusa de un tumor para sacar todo el dinero del banco y gastárselo en todo lo que siempre han querido hacer. Pero al menos, ellos vieron el final de ese verano, y verán el final de este invierno. Aunque nunca debes creerte a pies juntillas los pronósticos mortales de un médico. Por alguna razón, tienen un margen de error del 34%. Lo he leído en alguna parte.
Todo el mundo debería hacer una lista de las cosas importantes que quiere tener resueltas antes de morir. Y debería llevarlas a cabo en la siguiente década. Si bien es probable que un camión les pase por encima la semana que viene y sólo puedan empezar a hacer esas cosas, conviene tener la mayoría de esas empresas más o menos resueltas antes de los 50.
Debe de ser una sensación terrible verse a uno mismo con setenta y muchos, incapaz de hacer determinadas cosas, y ver que no ha acabado ninguno de sus proyectos.
Sé que el Tiempo os asfixia a muchos. Que lo veis pasar sin detenerse y ya os parece tarde para un montón de cosas. Cada segundo que transcurre, es un segundo menos que tenéis, y sois un segundo más viejos. Pero seguramente subestimáis vuestras capacidades, pues sobre seguro que podéis alcanzar la mayor parte de vuestras metas marcadas.
A veces el problema es no marcarse metas.
Mario vio el final de ese verano. Ningún camión la tomó conmigo.
Posiblemente Mario vea también el final de este invierno. Y yo, hasta hoy, me llevo estupendamente con los camiones.
Pero él sigue viviendo su vida lo más intensamente posible. Su cuenta bancaria está tiritando, pero qué nimiedad como ésa puede arruinar una vida. El caso es que Mario se siente mejor que nunca. La medicina profesional le metió el miedo en el cuerpo y le instó a darse por muerto antes de tiempo. No podía hacer esto, no podía hacer lo otro, debía andarse con cuidado todos los días de su vida…
En la siguiente revisión, y de esto hace sólo unos meses, su amigo el buen doctor que le dio la noticia, le auguró entre seis y diez meses de vida. El margen de tiempo ya se había ampliado considerablemente.
Para la próxima revisión, bien puede que le pronostiquen dos o tres años de vida.
Pero eso no es lo importante, lo importante es: ¿Se necesita una mala noticia acerca de lo precaria que es la vida y la debilidad de nuestros cuerpos, para vivir de verdad?
Más que pensar en la muerte, hay que pensar en la vida.
Este anexo corresponde a la revista de misterio Nexus MMXII: http://nexusmmxii.iespana.es/index.htm
Su amigo el doctor colocó la radiografía en el panel.
—Es justo ahí –dijo—, ¿lo ves? Junto a la médula espinal.
—Es muy pequeño.
—No importa el tamaño. Importa que está ahí. Si lo hubiéramos descubierto antes…
—No me jodas, Isaac; ¿cuánto tiempo me queda?
El buen doctor se miró la punta de sus zapatos.
—Yo no apostaría por que vieras el final del verano.
Más o menos fue así como Mario se enteró de que estaba muriéndose.
Es curioso, justo en ese momento en que Mario había empezado “oficialmente” a morirse, es cuando de verdad empezó a vivir. Sabiendo que le quedaban meses de vida, se preocupó de que esos meses fueran realmente buenos. Por ejemplo, siempre quiso ver Borneo. Pues bien, cuando habló conmigo sobre esta cuestión, hace ya un tiempo, tenía en su bolsillo un billete de avión. Había sido caro, pero el concepto de ahorro, en ese instante de su vida, no tenía el mismo sentido que antes.
Me enseñó el billete y una sonrisa. De alguna manera, sentí envidia de él.
Al día siguiente a mí me podría haber atropellado un camión; hubiera tenido menos tiempo que él todavía, pero no lo sabía. Ningún médico me garantizó que no vería el final del verano. De haber sido así, hubiera dicho: “Espera, que me voy contigo”.
El problema de muchos es que no tienen la excusa de un tumor para sacar todo el dinero del banco y gastárselo en todo lo que siempre han querido hacer. Pero al menos, ellos vieron el final de ese verano, y verán el final de este invierno. Aunque nunca debes creerte a pies juntillas los pronósticos mortales de un médico. Por alguna razón, tienen un margen de error del 34%. Lo he leído en alguna parte.
Todo el mundo debería hacer una lista de las cosas importantes que quiere tener resueltas antes de morir. Y debería llevarlas a cabo en la siguiente década. Si bien es probable que un camión les pase por encima la semana que viene y sólo puedan empezar a hacer esas cosas, conviene tener la mayoría de esas empresas más o menos resueltas antes de los 50.
Debe de ser una sensación terrible verse a uno mismo con setenta y muchos, incapaz de hacer determinadas cosas, y ver que no ha acabado ninguno de sus proyectos.
Sé que el Tiempo os asfixia a muchos. Que lo veis pasar sin detenerse y ya os parece tarde para un montón de cosas. Cada segundo que transcurre, es un segundo menos que tenéis, y sois un segundo más viejos. Pero seguramente subestimáis vuestras capacidades, pues sobre seguro que podéis alcanzar la mayor parte de vuestras metas marcadas.
A veces el problema es no marcarse metas.
Mario vio el final de ese verano. Ningún camión la tomó conmigo.
Posiblemente Mario vea también el final de este invierno. Y yo, hasta hoy, me llevo estupendamente con los camiones.
Pero él sigue viviendo su vida lo más intensamente posible. Su cuenta bancaria está tiritando, pero qué nimiedad como ésa puede arruinar una vida. El caso es que Mario se siente mejor que nunca. La medicina profesional le metió el miedo en el cuerpo y le instó a darse por muerto antes de tiempo. No podía hacer esto, no podía hacer lo otro, debía andarse con cuidado todos los días de su vida…
En la siguiente revisión, y de esto hace sólo unos meses, su amigo el buen doctor que le dio la noticia, le auguró entre seis y diez meses de vida. El margen de tiempo ya se había ampliado considerablemente.
Para la próxima revisión, bien puede que le pronostiquen dos o tres años de vida.
Pero eso no es lo importante, lo importante es: ¿Se necesita una mala noticia acerca de lo precaria que es la vida y la debilidad de nuestros cuerpos, para vivir de verdad?
Más que pensar en la muerte, hay que pensar en la vida.
Este anexo corresponde a la revista de misterio Nexus MMXII: http://nexusmmxii.iespana.es/index.htm